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LAS NUEVAS OLAS. RETRATO DEL INCOFORMISMO

 

Podemos pensar en la construcción de una sección como pensaríamos en la acción de pintar un cuadro: cada película que se va seleccionando sería una pincelada. Poco a poco se van acumulando los trazos, uno tras otro, diferentes colores, formas y texturas. Solo sería posible contemplar y entender el cuadro terminado tomando cierta distancia para poder apreciar el conjunto y desentrañar su composición. Una composición que vendría a hablar de qué y cómo se filma en Europa en 2018, y cómo sería un retrato del cine aquí y ahora. Es así como parándose a contemplar con distancia la sección en su totalidad, lo primero que salta a la vista son las diversas vetas de inconformismo que la recorren. Además del formal, que sería la propia razón de ser de este apartado de la programación, hay aquí un inconformismo identitario, un saludable revulsivo contra la categorización y el etiquetado simple de la condición humana, que se revela compleja e impredecible a través de un conjunto de películas sin miedo a transitar caminos sensibles.

Uno de estos caminos conduce a la juventud, y en especial a una juventud marginal, sin referentes válidos, cuyos mayores están ausentes o son inoperantes. Viendo el cuadro que conforman las películas con la perspectiva suficiente, se podría traducir esta tendencia como una forma de expresar la necesidad de nuevos centros de gravedad, de desmarcarse de los valores establecidos, del poder y de un statu quo que no responde en absoluto a las inquietudes más acuciantes de los jóvenes. Tenemos así una juventud casi suicida, intentando dar con una forma de supervivencia y un lugar en un mundo creado y regido por otros. En este sentido, SHÉHÉRAZADE, de Jean-Bernard Marlin, nos muestra la causa de su inconformidad en el comienzo mismo de su película, a base de imágenes en blanco y negro de la oleada migratoria que llegó a Marsella en los sesenta. Un amplio grupo humano que, como en muchas ciudades europeas, es apartado de la vista y marginado en suburbios que parecen destinados a extinguir cualquier chispa de esperanza en la vida de cualquiera. Lugares que terminan por convertirse en una trampa de criminalidad y miseria sin salida, y que tiñe de fatalismo las vidas de los enamorados que protagonizan la historia, adolescentes que son una mezcla imposible de inocencia y sordidez, y que no tienen más remedio que romper con sus orígenes y pasado para poder construirse un futuro. En el caso de SAUVAGE, de Camille Vidal-Naquet, ni siquiera necesitamos conocer los orígenes de su protagonista, Leo –que vende su cuerpo en la calle–, pues no es difícil imaginar la naturaleza de su desesperación. La prostitución en este caso es más que una cuestión de supervivencia material: pareciera que lo que está aquí en juego es la supervivencia emocional, una búsqueda de afecto y calor humano casi animal, en una sociedad que rehúye cada vez más la implicación con el otro. Leo busca una nueva forma de apego sin encontrar fórmulas válidas ante un anhelo imposible de expresar. Las reglas del afecto y las relaciones son transgredidas por una emoción genuina y desconcertante que pone en peligro la vida misma de nuestro héroe. Desesperada es también la búsqueda de afecto y atención del joven protagonista de JUMPMAN, de Ivan I. Tverdovskiy. En medio de una sociedad corrupta y una familia disfuncional, su analgesia (incapacidad para sentir dolor) es su única baza para ser aceptado y vitoreado (también por sus pares), y la rebelión viene cuando no es capaz de parear la analgesia física con una analgesia emocional necesaria para sobrevivir en ese mundo.

 

latido

 

DEVA, de Petra Szöcs, nos muestra a una joven a la vez abandonada (por sus padres, en un orfanato), y que como reverso a ese olvido está destinada a sobresalir por su aspecto, pues el albina.  En el contexto de esa ciudad –en la que los ladrillos de su Fortaleza están unidos por los restos de una mujer asesinada–  lo que realmente la hace despertar de ese cúmulo de supersticiones que la rodean es un nuevo referente, una cuidadora joven, que rompe el sortilegio del mundo adulto, y de una opresión invisible pero patente. Deva en ciertos aspectos se relaciona con otras películas de la selección que tratan de revisar o subvertir los modos en los que se retrata a las mujeres y a sus inquietudes en el cine. En ese sentido, la historia que cuenta ALL GOOD, de Eva Trobisch, trata un tema del que se ha hablado mucho en los últimos tiempos: el famoso #MeToo, es decir, la toma de consciencia de los límites del consentimiento en las relaciones sexuales. La película es recorrida así por una corriente subterránea de desasosiego, la de su protagonista, que como la sociedad ha hecho hasta ahora decide cubrir de una capa de normalidad algo claramente desestabilizador y nocivo. En el caso de SOMETHING IS HAPPENING, de Anne Alix, la propia estructura de la película, libérrima y abierta a la deriva como la vida misma, rompe los esquemas narrativos dominantes no solo a nivel formal sino también a lo que se entiende como el relato establecido y estándar de lo que se supone que es la vida de dos mujeres adultas. Aquí, una de ellas se ha liberado de toda atadura social, mientras la segunda pierde esos lazos que daban sentido a su vida y necesita redefinirse. Es el encuentro con el otro, con las realidades migrantes y obreras, lo que define y remata esa apertura.

En nuestra pintura-retrato del cine europeo en 2018, hay otra inquietud que es la que lleva a la resignificación y puesta al día de las formas de relato genéricas, cinematográficas y literarias, como forma sofisticada de mostrar la disensión. En THE TREE, de Andrè Gil Mata, el desdoblamiento del tiempo borgiano, y la elección estética que evoca a las representaciones pictóricas de cuentos y leyendas, parece recrear un mundo de fantasía. Solo que todo este dispositivo funciona a dos niveles: el de la envolvencia de esta clase de relatos, y el de la metáfora existencial y política: dos guerras (la Segunda Guerra Mundial, y el sitio de Sarajevo) se funden en una sola guerra abstracta, en un ambiente también abstracto, que pone en evidencia los ciclos de la historia y de las pulsiones básicas humanas.

Por otro lado RAIVA, de Sérgio Tréfaut, entremezcla los códigos cinematográficos del western y del cine negro para imbuirlo en la lucha de clases del campo portugués, dando de sí una poderosa e inmersiva experiencia cinemática. El uso del espacio y el tiempo, y del devastado paisaje rural portugués, mezcla a partes iguales la identidad genuina del territorio con las claves formales del cine del Oeste, en una historia sobre la pérdida de la inocencia, la venganza, la supervivencia y el rencor. MARIPHASA, de Sandro Aguilar, puede leerse también como una puesta al día de las formas de cine negro. El arriesgado uso de la oscuridad, que sirve también para suspender a los personajes en un espacio líquido e impreciso, el sonido envolvente y el montaje elegante y radical, genera una especie de relato de misterio atmosférico, donde importa más la inmersión sensorial y emocional que los giros de la trama y los golpes de efecto.

ANNA’S WAR, de Aleksey Fedorchenko, retoma la esencia de los cuentos de hadas rusos (que ya de por sí son historias despiadadas), a través de su estructura de días-capítulos, su uso de la iluminación, y la recurrencia al imaginario infantil, utilizando todos estos recursos para narrar una historia de supervivencia enmarcada en la Segunda Guerra Mundial que muestra la cara más salvaje de la resistencia. Enlazando con lo anteriormente dicho de la juventud inconforme, WHEN THE TREES FALL, de Marysia Nikitiuk, muestra las formas en que una niña y una adolescente se resisten a la grisura y a la falta de miras de su entorno más inmediato. La pasión y la imaginación, expresadas en imágenes oníricas que enlazan también con las leyendas y los cuentos de hadas, son sus vías de escape, la única construcción posible de un mundo propio al margen de la vulgar y caduca forma de vida de los adultos.

 

jumpman

 

En ese sentido, la ciencia ficción y la fantasía también se incorporan en este gran fresco como elemento cuestionador del funcionamiento de las cosas, en particulares visiones que enfocan desde la óptica del cine de autor o desde lo experimental las convenciones del género. En IN MY ROOM, Ulrich Köhler plantea una historia casi clásica del apocalipsis, y su único superviviente, (abordada por el cine comercial en varias ocasiones), en la que los vericuetos de la subsistencia en condiciones extremas se entremezclan con la redención del personaje, y con el proceso de reencuentro consigo mismo que habla mucho de nuestro modo de relacionarnos en sociedad. Con unas intenciones y un planteamiento formal bien distinto, LETTERS TO PAUL MORRISEY, de Armand Rovira, parte de un homenaje fílmico-epistolar al cineasta estadounidense  para establecer una serie de historias fantásticas, suerte de cuentos de la cripta de vanguardia rodados en 16mm y blanco y negro, con referencias que van de Bergman a Marker y con ambiciones que rozan la sátira existencial.  

Sin llegar a situarse en la postura de la revisión de género, DEAD HORSE NEBULA, de Tarık Aktaş, continua el trazo empezado por The Tree en la dirección de la vida y sus ciclos, y la conexión con la propia infancia, en un tono que también tiene mucho de sueño y misterio en su elíptico tratamiento de recuerdos y vivencias. Solo que esta vez la reflexión se orienta más a las conexiones con la naturaleza, a relación indisoluble entre la vida y la muerte, y al retorno a las raíces atávicas de la existencia misma.

Otra veta que recorre también la programación del festival (no solo en esta sección) es el entrecruzamiento de lo personal y lo político. Las circunstancia que les toca vivir a los personajes tanto de ADAM UND EVELYN, de Andreas Goldstein, como de YOU HAVE THE NIGHT, de Ivan Salatic, invaden y condicionan el sentido de su vida personal, y por tanto también modifican su identidad. Adam und Evelyn viaja hasta el momento de la caída del Muro de Berlín, que coincide con la crisis de una pareja, y con un viaje del Este hacia el Oeste que se convierte en definitorio para sus vidas por el hecho de producirse en ese preciso momento. Las claudicaciones propias de la vida en común se entremezclan así con la desaparición de un mundo, y con la imposibilidad de volver a un estado anterior de las cosas por motivos de fuerza mayor. Y con la adopción de una vida que tiene más que ver con las estructuras familiares capitalistas del mundo que les espera. El tono luminoso con el que Goldstein narra tiempos convulsos contrasta con la nocturnidad de You Have the Night, que alinea su tono con la desesperanza económica y social que termina invadiendo las relaciones en pueblo en Montenegro azotado por la bancarrota de las navieras, por el vacío que queda cuando la clase obrera ya no es necesaria, y por el vacío vital que se crea tras la efímera promesa de prosperidad capitalista.  A través de la historia de una mujer, y de sus lazos afectivos, vemos como lo "macro" (las empresas, la economía, lo que sale en las noticias) se relaciona como lo "micro", esto es, lo íntimo.

 

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Finalmente, esa misma mirada cuestionadora en la que no hay cabida para lo obvio y que intenta situarse en la escala humana se traslada fuera de las fronteras del continente, para intentar tender puentes con conflictos lejanos de los que solo tenemos constancia por la (des)información de los medios, como es el caso del asunto palestino: una consecuencia directa de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto europeo. Tanto SAMOUNI ROAD, de Stefano Savona, como THE TOWER, de Mats Grorud, comprenden que hacen falta nuevos recursos para decir lo indecible y es quizás por esta razón que la animación juega un papel fundamental en ambos proyectos. En Samouni Road, la animación cumple la función de rellenar el hueco de lo que no ha sido registrado, y lo hace en dos sentidos. Por un lado, para describir los hechos en un puro sentido narrativo, y por otro lado, para transmitir la intensidad emocional, el terror, la desorientación y el sinsentido de la violencia del ataque israelí a esta familia de un suburbio de Gaza. En el caso de The Tower, Grorud engarza la historia de varias personas de un campo de refugiados en una sola ficción, en la que lo referente a la actualidad se anima por medio de stop motion, y lo tocante al pasado con dibujos animados bidimensionales. Y la canaliza a través de una niña de once años, su protagonista. Ambos factores, la animación y el enfoque de la historia, permiten así que este relato trascienda a los públicos y canales habituales, abriendo la posibilidad de conocer y comprender esa realidad. Setenta años de vida marcados por la herida del desposeimiento, en una provisionalidad permanente. Tanto Savona como Grorud se plantean también cuál es su papel desde Europa, y como creadores, con respecto a todo esto.

Sirva este repaso general a modo descripción del retrato del inconformismo que ha terminado por pintar la sección Las Nuevas Olas en este 2018. Los trazos son diversos y multidireccionales, pero comparten un espíritu inquisitivo que no teme cuestionarse cuál es la manera más adecuada de canalizar ese relato imposible que es la identidad europea (y la naturaleza de lo humano y lo social) en los tiempos que corren.