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LAS NUEVAS OLAS NO FICCIÓN. POR UNA MEMORIA DISTÓPICA

 

El cine podría ser, en su definición primaria, un dispositivo capaz de fijar el instante presente. El registro de la inmediatez. El testigo perfecto. Y sin embargo, el cine es también esa memoria fantasmagórica que puede reproducir aquello que ya no está. Una ilusión óptica. Un espejismo.

 

Es quizá por este doble movimiento que le obliga a inscribirse con un mismo gesto, en el  pasado y en el presente, por lo que el cine ha mantenido una relación compleja con el tiempo, con más razón aún si de lo que hablamos es del cine en tiempos urgentes como éstos. La imagen fílmica, desde sus orígenes, ha sido la expresión paradigmática de la objetividad, un testigo privilegiado de los acontecimientos históricos, una de las materias constituyentes de la memoria colectiva. En definitiva: un documento. Y sin embargo (esto lo sabemos muy bien) no hay nada tan artificioso como una imagen. Entonces ¿Qué implica exactamente desde un punto de vista ontológico esta categoría del documento? ¿Es posible subvertir el archivo fílmico para imaginar otras historias posibles? ¿De qué manera puede el cine contemporáneo enfrentarse a los nuevos retos que implica la reconstrucción de un archivo colectivo de memoria? ¿Es todo documento un testigo inocente de su tiempo?

 

No, ninguna imagen es inocente. No, ningún plano cinematográfico existe de manera aislada. No, ninguna película puede separarse de aquéllas que vinieron antes y de las que vendrán después. Quizá por esto, la única posibilidad sea la de fabular otro pasado posible, la de inventar una memoria borrosa, intoxicada, impía. Una memoria distópica.

 

 Las películas que presentamos en esta nueva edición de Las Nuevas Olas No Ficción se aventuran todas, en mayor o menor medida, hacia esa idea de reformulación. Articulando, de una u otra manera, esta vieja cuestión no resuelta sobre la manera como el cine interroga, reconstruye o subvierte el discurso oficial de la historia. Algunas lo harán directamente, trabajando con el archivo fílmico del estado soviético como es el caso de la obra seminal de Sergei Loznitsa, The Trial, que recupera el material filmado en uno de los procesos más violentos de la historia del estalinismo, en el que se enjuicia a un grupo de ingenieros y economistas, sospechosos de organizar un golpe de estado, y condenados por un crimen que no cometieron. Loznitsa convierte este archivo oficial en una cuestión extremadamente contemporánea sobre el peso de la opinión pública y la opresión política. Las imágenes como el espejismo de la historia, como ese reflejo que estamos obligados a mirar pero que no constituye una prueba definitiva de la verdad. En esta misma línea de cuestionamiento estético, Loznitsa propone, otra de sus películas presentes en nuestra selección, Victory Day. En ella, su cámara se convierte en ese testigo directo de la conmemoración que cada año se celebra en Berlín de la victoria soviética, registrando ese contracampo histórico a las imágenes del archivo soviético, que demuestran que los espectros de un pasado político no resuelto, siguen deambulando en la actualidad.
 

victory day

 

El pasado político reciente de Europa es sin duda, uno de los ejes principales sobre los que se construye nuestra programación de no ficciones en 2018. La historia de Europa se revela como una inquietud constante, incendiaria y rabiosa, que motivaría a los cineastas contemporáneos a explorar las ruinas de lo que quedó tras la caída del muro de Berlín, o más concretamente, tras el triunfo incontestable del capitalismo. ¿Qué cartografía podríamos delinear a partir de las imágenes heredadas de nuestro inmediato pasado político? ¿Cómo gestionar las ruinas, los paisajes baldíos, los viejos símbolos que adquieren hoy un significado diferente? El paisaje político de una Europa en plena desintegración se presenta como una de las tensiones que siguen agitando las imágenes hoy.

 

En I See Red People, la cineasta de origen búlgaro Bojina Panayotova, vuelve al país de sus padres para intentar desentrañar algunos de los secretos menos honrosos de su familia. Revisitando imágenes del archivo familiar, Panayotova descubre un pasado que revelaría traiciones políticas, y actos muy poco heroicos por parte de sus padres y de sus abuelos. La joven directora pone así el dedo sobre una de las llagas más lacerantes del discurso de la memoria histórica ¿Qué parte de responsabilidad tenemos sobre los crímenes que cometieron nuestros antepasados?

 

Pero ésta, no será la única película que se adentre en el terreno pantanoso de las figuras contradictorias de la historia. Del mismo modo, la directora Anja Kofmel intentará arrojar algunas luces sobre la misteriosa desaparición de su primo, un periodista asesinado durante  la guerra de la antigua Yugoslavia. Chris the Swiss interroga directamente el carácter documental de la imagen atreviéndose con la animación para intentar cubrir los huecos abisales de la historia, abriendo paso así a otra de las cuestiones esenciales del cine documental: cómo representar en una película aquello de lo que no tenemos ninguna prueba gráfica. Cómo representar el vacío, la imagen faltante.

 

chriss the sweiss

 

La guerra seguirá siendo, desde el punto de vista que nos ofrecen estas películas, el ejemplo paradigmático de lo irrepresentable. ¿Cómo construir un relato colectivo sobre la memoria asumiendo que hay cosas que no se pueden mostrar, si quiera pronunciar? Cómo representar lo indecible. La directora siria Sarah Fattahi, propone una respuesta posible con su segundo largometraje. Tan sutil como contundente, Chaos aborda algunas de las consecuencias menos tratadas de los conflictos bélicos: la soledad y la distancia. Chaos es un relato íntimo de la propia directora, refugiada política en Viena, que desliza su cámara entre los pliegues de una vida nueva en otra ciudad, lejos de los suyos y sola. Aprender a transitar nuevos espacios, nuevas rutinas. Más que una película, Chaos es una crónica susurrante que nos recuerda que la intimidad también es una forma de militancia.

 

El cine de no ficción que recogemos este año insiste en la idea de que la crónica política debería ser siempre un relato poroso, maleable y lleno de aristas. Un relato líquido. Esto es lo que propone también Mathieu Bareyre con su primer largometraje Young and Alive. Una película rodada durante las manifestaciones de la nuit de bout (el movimiento social que se organizó en Francia el pasado año próximo a movimientos como el 15M) con la inmediatez del acontecimiento político. Bareyre no pretende con esta película ofrecer el relato definitivo de los acontecimientos, sino una de las crónicas posibles, donde tienen cabida los grandes discursos políticos así como las confesiones de los desconocidos en mitad de la noche. El cine se presenta aquí como un destello eléctrico en mitad de la noche, como el reflejo estroboscópico de las luchas pasadas. Y de nuevo la pregunta incómoda que acaso no podamos responder en cien años, en mil. ¿Es posible separarnos de la herencia política de nuestros padres? ¿De su peso? ¿De su carácter tóxico?

 

El retrato ocupará también un lugar importante en esta programación. El decano del género Nicolás Philibert profundiza en su investigación sobre el género humano, ofreciéndonos un retrato coral de esos personajes que la sociedad con frecuencia ignora. El cineasta francés afronta esta vez los gestos invisibles y repetidos de profesores y alumnos de una escuela de enfermería Pero el retrato también adopta formas inesperadas, incluso irreverentes, como es el caso de Putin's Witnesses del también veterano Vitaly Mansky, que se enfrenta a uno de los retos más complejos que podía haberse presentado para un cineasta ruso a día de hoy: hacer una película sobre el más complicado  y enrevesado de los personajes de su país, Vladimir Putin. Mansky llega a sumergirse en los rincones y los momentos más íntimos del presidente ruso, intentando contener en la misma película sus grandes gestos así como su cotidianeidad, construyendo una imagen poliédrica de su personaje retratado.

 

El cuerpo será también, un instrumento imprescindible del relato histórico.  En nuestro programa encontramos dos películas que parten del estudio minucioso de los cuerpos para hablarnos de toda una sociedad. Dos películas que toman como punto de partida el deporte (tanto figuras de elite como McEnroe, en Buscando la perfección, de Julien Faraut  así como locos anónimos como Laurențiu Ginghină, el héroe de Infinite Football  de Corneliu Porumboiu) como síntoma de una sociedad. Dos películas que hablan de cómo el deporte cristaliza los deseos colectivos bajo la figura de sus estrellas.

 

infinite footb

 

Pero el cine de no ficción también se permite, en estos tiempos convulsos, derivas, deambulaciones. Frente a la cuestión de cómo se relaciona el cine contemporáneo con el discurso sobre la historia, algunas de las películas que componen la sección responden con la contundencia de la incertidumbre. Si, como decíamos al principio, el cine en su definición primaria es el resultado de una ilusión óptica quizá la distopía sea la única solución para construir un discurso sobre los tiempos pasados y los que vendrán. Así, algunas de estas películas, conscientes de la fragilidad de la memoria colectiva, reinterpretan las ruinas del pasado para imaginar otro futuro posible.

 

Alberto Gracia, uno de los artistas más radicales, más libres y talentosos del cine español contemporáneo, nos invita a recorrer con La estrella errante el territorio fragmentado, lacerante e incluso absurdo de la España postindustrial. El nuevo trabajo de Gracia se presenta como una distopía geográfica e histórica total. Robert Perdut, cantante de un grupo underground de los 80, es aquí el representante de una generación bastarda. Una generación sin rumbo, sin destino, sin posibilidad alguna de existencia en el tiempo de los GPS y del ultraliberalismo salvaje, un tiempo que ya no acepta movimientos errantes. Los paisajes postindustriales también estarán presentes en otra de las películas que explora el territorio como si fuera una memoria latente de las luchas sociales que en él se libraron. Es el caso de In memoriam (la derrota conviene olvidarla) de Marcos M. Merino, que con esta película aborda diferentes elementos que trabajan para mantener viva la historia del valle minero del Turón.

 

Pero quizá el ejemplo que lleve más al extremo esta idea de fabulación histórica sea Extinçao el nuevo trabajo de la artista portuguesa Salomé Lamas, que se aventura de nuevo en el terreno pantanoso del imaginario político para subvertirlo. Lamas propone aquí un viaje hipnótico hacia las profundidades de una frontera imaginaria, la que divide Moldavia de Transnistria (un país no reconocido legalmente), poniendo en evidencia así el poder performativo de las ficciones políticas, en concreto, las que se generaron tras la desintegración del bloque soviético.

 

Explorar las imágenes de la memoria audiovisual para formular desviaciones posibles de la historia oficial, ha sido (y sigue siendo) una de las preocupaciones principales del cine de no ficción. Pero la historia, esto lo sabemos bien, no es más que una distopía discursiva. Y quizá el cine no sea más que el archivo alucinado que se construye sobre este reflejo. Una colección de imágenes que conforman las memorias posibles. Ya lo dijimos. Una ilusión. Un espejismo.